El pasado 12 de febrero participé en el recital de narrativa y poesía Las mujeres cuentan, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, y celebrado en el Edificio Grupo San Valero. Compartí atril y micrófono con Cristina Giménez, Carmen Aliaga y Eva Balaguer, con la presentación de Pilar Aguarón Ezpeleta. Pero más allá de los nombres y del formato, lo que ocurrió allí fue algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: la palabra se hizo cuerpo.
Un recital no es una presentación al uso. Tampoco es únicamente una lectura. Es un espacio intermedio en el que el texto abandona la intimidad de la página y se expone a la respiración compartida. La literatura, que tantas veces nace en silencio, se arriesga a ser dicha.
En mi caso, leí tres relatos: La sirena de Taganana, Bruja y 36 minutos. Tres textos distintos en tono, ritmo y atmósfera. Al escribirlos, cada uno tuvo su propio pulso. Sin embargo, al leerlos en voz alta, ese pulso se transformó. Las pausas se hicieron más conscientes. Los silencios adquirieron densidad. Algunas frases que en la página parecían discretas encontraron una fuerza inesperada. Otras, en cambio, pidieron contención.
La lectura pública obliga a escuchar el texto de otra manera. No solo lo oye el público: lo oye también quien lo escribió. Es una experiencia casi reveladora. El relato deja de pertenecerte por completo y empieza a circular. Se instala en las miradas, en los gestos atentos, en esa quietud que se crea cuando alguien está realmente escuchando.
El título del recital, Las mujeres cuentan, contiene una doble resonancia que me interesa especialmente. Contar es narrar, pero también es tener en cuenta, importar, ocupar un espacio. Las mujeres cuentan historias y, al hacerlo, cuentan en el sentido más amplio del término. No como consigna, sino como hecho: están, dicen, interpretan el mundo desde su propia experiencia.
Durante el acto hubo momentos de emoción contenida, instantes de sonrisa cómplice y también silencios densos, de esos que no incomodan sino que sostienen. Esa es la materia de la que están hechos los encuentros literarios: una suma de presencias.
Siempre he pensado que la literatura necesita espacios físicos donde manifestarse más allá del libro. Lugares donde la palabra no solo se lea, sino que se escuche. Donde el texto tenga respiración. Donde la escritura salga de la soledad del escritorio y se confronte, con humildad, con la escucha de otros.
Recitales como este recuerdan que la literatura no es únicamente un objeto, sino un acontecimiento. Algo que sucede. Algo que pasa entre personas.
Y cuando pasa, algo se mueve.
Quizá por eso seguimos reuniéndonos alrededor de la palabra. Porque, cuando se comparte, deja de ser únicamente texto y se convierte en experiencia.


