El martes, 21 de abril, a las siete de la tarde, nos encontramos para leer en voz alta. Sillas, miradas, algún saludo en voz baja. Y, en medio de todo eso, las palabras esperando su turno. Primero el silencio. Después, una voz. Y luego, otra. Y otra más.
La lectura pública organizada por la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, con motivo del Día del Libro, fue precisamente eso: un espacio en el que detenerse y prestar atención. Sin más artificio.
Leí dos relatos: Quién dijo que todo está perdido y Los hombres me explican las cosas. Dos textos que nacen de lugares distintos, pero que comparten una misma incomodidad, una forma de mirar lo que nos rodea sin apartar demasiado la vista.
Escuchar a otras voces, dejar que cada historia encuentre su ritmo, notar cómo el silencio se hacía lugar… Hay algo ahí que no se puede reproducir fuera de ese instante.
Gracias a la Asociación por sostener este tipo de encuentros.
Y a quienes estuvisteis, por estar.

