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Acabábamos de llegar a la casa. A nuestro alrededor se mezclaban los vecinos autóctonos, herederos de las casas de sus padres, con los que, como nosotros, habíamos salido huyendo del agobio del centro para sumergirnos en la calma de un lugar encaramado sobre la ciudad, donde las puestas de sol quitan la respiración. Estos últimos eran los que me interesaban. Algo tendríamos en común cuando habíamos tomado la misma decisión.

A simple vista las casas se veían un tanto destartaladas, pero con un sabor especial y diferente a todas las demás de este barrio y de cualquier otro. Nada tenían que ver con los adosados que se acababan de poner de moda ni con los chalets de los nuevos ricos de los años sesenta. De inmediato, las dos casas a un lado y otro de la nuestra me llamaron poderosamente la atención. Enseguida caí en la cuenta de que no eran las casas sino sus habitantes. 

Nuestros nuevos vecinos tenían una bonita costumbre que se perdió con el tiempo por razones que ahora no vienen al caso. Celebraban la noche de San Juan por todo lo alto. Con hoguera, cena al aire libre, juegos de magia ―entre el singular vecindario contábamos con un mago― y buena música. 

Y ahí estaba ella. 

―César ―su voz sobresaliendo por encima de la algarabía de los críos, los perros y la música―, deja de polemizar con Cristóbal.

Fue esta frase, pronunciada hace unos treinta años, la que me definió de una vez a la mujer que la pronunció. Esa era Pachi, en todo su esplendor, su fuerza, su carisma, su creatividad y su amor por todos los seres vivos del planeta Tierra.

César, su pareja y Cristóbal, uno de sus perros, andaban «polemizando» porque el perro quería sentarse bajo la mesa y César pretendía, sin conseguirlo, que saliera de allí. Me hizo tanta gracia la frase que me eché a reír. Ella ni se inmutó, siguió repartiendo los ricos manjares que había cocinado y Cristóbal mantuvo su sitio.

Así la conocí. Treinta años después, Pachi seguía siendo la misma. Con sus frases lapidarias, su particular indumentaria, su pelo al viento y su afán por que nadie de su alrededor pasara hambre ni sed. No dejaba indiferente a nadie. Intensa y arrolladora hasta decir basta. Fascinante para mí.

Mientras escribo estas líneas escucho a Chavela Vargas ―«Chavela con v nomás por joder», como diría ella (y seguramente también Pachi)―. Por algún motivo me la recuerda y me alivia de la pena por su pérdida. 

El jueves pasado se fue, de repente y sin avisar, empañando el día veintiocho de enero para siempre. «Cuántas luces dejaste encendidas»―me canta la Vargas―.

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